Sàt-wà-dee!!!
Tras pasar unos días relajantes en Muang La fijamos nuestro siguiente destino en Phongsali, lugar donde teníamos intención de hacer un trekking de 2 o 3 días.
Para poder llegar hasta allí debíamos bajar a Udomxai y coger un bus local que nos dejaba en destino en tan solo 12 horas. Bajar no fue fácil, nos habían dicho que existía un autobús que pasaba a las 08.00h, pero a las 9:30h todavía no había pasado, así que acabamos bajando en una camioneta llena de trabajadores que también iban hacia Udomxai.
Una abuela con su nieto tuvo el mismo problema que nosotros y se unió a la aventura. El trayecto fue más barato y rápido que el autobús, y quizás hasta más cómodo.
Respecto a Udomxai, tanto en la guía como en los foros, nadie recomendaba pasar más de un día allí. Nuestra impresión acabó siendo muy distinta.
Solo llegar, como de costumbre, fuimos a dar un paseo de reconocimiento por el pueblo. La verdad es que bonito, bonito no es. Muchas de las viviendas eran un clásico en Laos: cabañas de madera y bambú con una inmensa parabólica en la entrada.
Nos paramos a ver como unos niños fabricaban su propia peonza con un machete y un trozo de madera, y luego la hacían rodar.
Al atardecer subimos hasta lo alto de una colina para ver la puesta de sol. Las vistas de los alrededores de Udomxai eran muy bonitas, eso fue lo que nos convenció para pasar ahí más de un día y explorar las afueras.
Aquí me tenéis disfrutando de la puesta de sol, con todos los trastos y comiendo un bocata.
El día siguiente alquilamos una moto y nos fuimos a visitar unas cascadas. Habíamos leído que, aunque había que hacer un trekking de 14 km, podías llegar sin necesidad de guía que te acompañase.
Pero antes había que hacer 28 km en moto entre montañas. Y el camino no fue nada fácil. El hombre que nos alquiló la moto ya nos advirtió que sólo la usásemos por carretera asfaltada y no por camino de cabras, pero tras acabar el asfalto debíamos continuar 14 km más hasta donde empezaba el trekking, así que ni caso.
Cuando sólo llevábamos 2 km se salió la cadena de la moto, y con ayuda de un laosiano la colocamos de nuevo. Pese a su consejo de bajar al pueblo y hacer que la miraran, decidimos seguir adelante, total habíamos visto que en 2 minutos podíamos volver a ponerla en su sitio. Y ya iban dos consejos de gente local a los que hacíamos caso omiso, demasiados números para que algo nos pasara.
Durante los 4 km siguientes se nos salío 3 veces más y la colocamos sin problema, pero cuando llevábamos más de 10km el problema fue mayor, esta vez se había salido la parte delantera de la cadena (el plato) y para quien no sepa de motos, ahora os puedo confirmar que es imposible volver a colocarla sin herramientas. Lo intentamos con un palo del bosque, con un bolígrafo e incluso con nuestras manos…, lo único que conseguimos fue sacar toda la grasa que había allí. Tuve la mano negra durante todo el día.
De modo que sólo nos quedaba volver empujando la moto. Tuvimos suerte que la mayoría del recorrido había sido en subida, así que ahora tocaba bajar. Imaginaos a los dos montados en una moto sin cadena y con el motor apagado recorriendo 10km de camino de cabras. Los trabajadores del campo que pasaban por allí se quedaban pasmados.
La carretera tenía sus tramos de barro, caminar por ella no era tarea fácil, y mucho menos arrastrando una moto.
Llegamos a una aldea perdida en medio de la nada y tuvimos la suerte que había algo parecido a un mecánico. Desmontó la moto y nos enseñó el plato, habían por lo menos 3 dientes que habían desaparecido, ¡era imposible que funcionara bien!!!
Nos puso uno nuevo y tras pedírselo, realmente nos sorprendió haciéndonos una factura para que el dueño de la moto nos devolviese el dinero. Con la moto a punto, pusimos nuevamente rumbo a las cascadas, sin saber que en el segundo intento tampoco íbamos a llegar.
Las vistas durante el trayecto eran preciosas.
Llegamos hasta lo que parecía un párking con varios coches aparcados. Habíamos leído que acostumbraba a ser zona de pícnic, y además era domingo. De modo que aparcamos también la moto y empezamos a andar.
En cuanto pasamos por delante de un grupo de gente que parecía estar celebrando algo, se acercaron a Iván dos hombres ofreciéndole un vaso de cerveza, otro me ofreció a mi una caña de bambú. Con un vaso es obvio, pero ¿qué se supone que debía hacer con una caña de bambú? Había un líquido dentro, ¿pero qué era? Era cerveza, y nos la estaban ofreciendo en señal de bienvenida.
Resultó que todas las personalidades de Udomxai estaban allí (alcalde, responsable de turismo del distrito, ingenieros, empresarios…), reunidas para inaugurar el inicio del proyecto de construcción de un parque turístico para promocionar las cataratas. De modo que, sin quererlo, éramos los primeros turistas y en el mismo día de la inauguración, se ve que al que ponía la pasta se le ocurrió que les íbamos a dar buena suerte.
Nos ofrecieron sentarnos con ellos a comer y charlar. Así lo hicimos, tomamos asiento esperando algo que picar para acompañar la cerveza. Pero nos plantaron delante una bandeja con una cabeza de cerdo y dos cabezas de pato hervidas que me miraban fijamente.
Para que os hagáis una idea de como me sentí.
Nos explicaron que sólo a los invitados especiales se les ofrecía la cabeza, y que como respeto por parte del invitado (aquí viene lo fuerte), éste debía comer un trozo.
Pues ahí estábamos Iván y yo viendo como un tío cortaba la frente del cerdo con algún pelillo mal rasurado, y a continuación nos lo ofrecía.
Sí, sí, nos lo comimos con una de nuestras mejores sonrisas, aquí es de mala educación negarse a algo que te ofrecen. La sensación es un poco asquerosa, pero resultó no estar nada malo. Las siguientes veces que nos ofrecieron ya no nos supo tan mal.
Además de cabeza había muchas otras cosas para comer, nos dieron de todo.
Pasamos la tarde con ellos: charlando con los mayores, comiendo y jugando con los niños.
Que poco esperábamos que un día que había empezado tan mal fuera a acabar tan bien. Eso sí, cuando nos despedimos y empezamos a caminar no tuve más remedio que sacar el bocata que llevaba en la mochila. Estaba muerta de hambre, la cabeza de cerdo no había sido suficiente.
De vuelta al hotel nos encontramos a unos niños bañándose en una charca. Iván no había podido darse el bañito en las cascadas, así que se unió a la fiesta. Al principio los niños lo miraban extrañados.
Pero no tardaron en seguir con sus juegos en el agua, mostrándonos su repertorio de saltos.
Llegó el momento de finalizar el baño, vestirse y posar para la foto.
Cuando estábamos listos para irnos, con los cascos puestos y ya subidos en la moto, vimos que uno de los niños necesitaba ayuda. Había aparcado (literalmente) un par de búfalos para poder bañarse. Pero al desatarlos e intentar reanudar la marcha, éstos decidieron que también querían darse un baño. El niño no podía tirando él solo de la cuerda, así que Iván le ayudó a sacarlos del agua.
Al final resultó que tampoco habíamos visto las cataratas. Pero dicen que a la tercera va la vencida, decidimos pasar otro día más y volver a intentarlo.
Alquilamos nuevamente la moto y, aunque tuvimos que ser un poco pesados, el hombre nos devolvió los 2,5€ de la reparación. Y con la moto llegamos de un tirón hasta el mismo punto que el día anterior. Empezamos a caminar por la ruta marcada, pero pronto encontramos una bifurcación más selvática que el camino estipulado y mucho más apetecible. Decidimos explorar.
Fue muy espectacular. Cruzamos varias veces el río y, tras un par de horas apartando plantas y telarañas, llegamos a una gran roca de la que no paraba de caer agua formando un estanque en la base. Era precioso.
Poco después encontramos un lugar idílico para darse un chapuzón
Ese día no habíamos cogido los bañadores, pero tampoco supuso un problema, desde el último poblado que habíamos cruzado con la moto que no habíamos encontrado ni una alma. Así que, ¡al agua patos!
De vuelta a la ruta inicial, continuamos por un camino cubierto por cañas de bambú gigantes.
El paseo fue genial pero tampoco esta vez llegamos a ver las cataratas. Corríamos el riesgo de que anocheciera antes de volver. Pero además, tras tener que descalzarnos y hacer equilibrios para cruzar el río durante cuatro veces consecutivas, a la quinta decidimos que ya no era viable.
Estábamos empapados y con las piernas congeladas.
Pero el trecking mereció la pena. Aunque animales exóticos nada de nada, lo más peligroso que encontramos fue esta serpiente que intentaba camuflarse en forma de hoja, pobrecita que mal lo hacía.
Tras esos tres días, quedarse un cuarto ya nos retrasaba demasiado, así que finalmante desistimos de las cascadas. Pero igualmente animo a todo el mundo a que no haga caso de lo que dicen las guías respecto a Udomxai, que se tome su tiempo y visite los alrededores, son preciosos.
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